Chau, República Argentina.
Tu vida fue breve: apenas viviste unos 200 años y monedas.
Naciste al calor de los obuses y de las bayonetas ensangrentadas de Ayacucho, de Maipú y de Jujuy.
En los altos de los Andes conociste el miedo, el miedo de tu sangre mestiza ante la bandera rojigualda del rey lejano, miedo ante la estola albiceleste del virrey que te oprimía, miedo ante las cargas de caballería andaluza que precedían a la muerte.
Tu madre india, tan antigua como la tierra en que hoy te desangras, no se enojó cuando le diste la espalda a tus raíces, esas viejas raíces de huacas, tambores y quebradas.
Tu madre india, tan sagrada como los ríos serranos que entibian su vientre, no se enojó cuando tu piel cobriza empalideció, cuando tu lengua olvidó el quechua, cuando tu corazón se perdió en poesías extrañas, cuando tu vientre parió una raza de hombres grises.
Hoy mueres, República Argentina, cosa de todos, cosa del pueblo, sobre una tierra que te desconoce; una tierra que has vuelto yerma para siempre, una tierra que has plagado de miseria humana.
Yo nunca te conocí. Pero te vislumbre en esos jazmines que a Borges, el viejo poeta ciego, le hacían sentir la patria. Yo creí sentirte en el rasgueo de una guitarra, en una cumbre nevada, en los jacarandás de la avenida de Mayo.
Hoy mueres. Nunca te olvideramos.
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