La sabiduría popular, esa que uno lleva en la sangre sin saber cómo ni porqué, enseña que todo comienzo es difícil.
Al igual que el dios gnóstico Abraxas, que debió romper el cascarón del huevo que lo guarecía del mundo exterior y del universo al que estaba llamado, quienes comienzan a andar un nuevo camino se enfrentan con un horizonte desconocido, rico en incertidumbre y en misterios.
De esta forma, las viejas seguridades del caminante se returcen hasta resquebrajarse o bien hasta volverse polvo entre los polvos de la incerteza fundamental de la condición humana.
Al igual que el dios gnóstico Abraxas, que debió romper el cascarón del huevo que lo guarecía del mundo exterior y del universo al que estaba llamado, quienes comienzan a andar un nuevo camino se enfrentan con un horizonte desconocido, rico en incertidumbre y en misterios.
De esta forma, las viejas seguridades del caminante se returcen hasta resquebrajarse o bien hasta volverse polvo entre los polvos de la incerteza fundamental de la condición humana.
Un buen día, todo el andamiaje de certezas y de seguridades que me guareció durante cinco largos años de estudio en la Universidad se resquebrajó. De buenas a primeras, lo que antes era certeza devino incerteza; lo que antes era seguridad devino inseguridad; lo que antes era convicción devino dubitación.
Ese gran día en mi vida profesional, cuando finalmente rompí el cascarón del huevo y me abrí a la realidad del Derecho, fue el día en que me enfrenté, solito y de a pie, a mi primer juicio.
No supe por dónde empezar. Los años de estudio de poco sirvieron ante la blancura del papel que parecía burlarse de mi ignorancia. Decenas de leyes, fallos y doctrinas se me cruzaron por la mente, confundiéndome, mareándome con sus palabras inciertas.
Pero este duro encontronazo con la realidad del ejercicio profesional me enseño ciertamente muchas cosas de gran valía: que uno debe ser paciente, que la lentitud es buena amiga del aprendizaje, que en la Universidad, al menos en la mía, no me habían enseñado a resolver problemas jurídicos, sino a filosofar medievalmente sobre el Derecho.
¡Cuán diferente es el mundo del "derecho vivo" del mundillo de las teorías y de los códigos de mis días de estudiante!
Cada caso a resolver es un cosmos. Cada cliente es un cosmos.
Aun cuando existen modelos de escritos, libros de consulta muy completos, y juicios prácticamente estandarizados, el ejercicio de la profesión de abogado importa que cada día uno deba andar un nuevo camino, desandando el anterior.
Y he aquí su gracia: para los caminantes del Derecho, cada día trae un nuevo camino, un nuevo comienzo.
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