Ya en el crepúsculo de su vida, el maestro Jorge Luis Borges escribió un poema que, a mi juicio, importa un punto de inflexión en su obra de latines, de adjetivaciones barrocas y de esteticismo.
Este magistral poema, acaso excepcional en la vasta poética borgiana, se titula 1964. Si no fuera por los elementos costumbristas que contextualizan sus versos, como la guitarra y el Sur, este poema bien podría haberse escrito en la Francia existencialista o en algún páramo de la vieja China.
Lo leí por vez primera a mis dieciocho años. Alguien que ya no recuerdo me había recomendado que leyera sus poemas, de suerte que busqué en los anaqueles de la biblioteca de mi escuela hasta encontrar un tomo, creo que el segundo, de sus Obras Completas.
Lo leí por vez primera a mis dieciocho años. Alguien que ya no recuerdo me había recomendado que leyera sus poemas, de suerte que busqué en los anaqueles de la biblioteca de mi escuela hasta encontrar un tomo, creo que el segundo, de sus Obras Completas.
En aquel tiempo, cuando en la Argentina todavía se encontraban algunas ruinas del amor por la cultura y el buen arte, Borges era un dogma: todos exaltaban su obra, pero pocos se tomaban el trabajo, por ejemplo, de leer sus libros.
Abrí aquel libro amarillento. El azar, que también rige en materia de literatura, me dispuso frente a este poema. Lo leí detenidamante una y otra vez, deteniéndome siempre en la sexta estrofa: "y aunque las horas son tan largas, una // oscura maravilla nos acecha, // la muerte, ese otro mar, esa otra flecha // que nos libra del sol y de la luna".
Una simbología arcana, un álgebra antiguo se me reveló. La muerte, que hasta entonces solo se me había representado como el llanto de mis mayores frente a una cruz de madera, adquirió una dimensión metafísica.
Este poema resultó iniciático: ahorré unos cuantos pesos y me compré los cuatro tomos de una edición bastante precaria de las Obras Completas.
Leí los cuatro tomos con una avidez inusual en mí. Así, descubrí que Jorge Luis Borges, como todo dogma, escondía una verdad.
Y esa verdad, felizmente escondida detrás del culto impostado a su personalidad, es que Jorge Luis Borges, a más de un escritor notable, fue un símbolo.
Un símbolo misterioso, sutilmente religioso, transido de una fatalidad a la usanza griega, como aquella ceguera que en 1964, mientras el mundo lo consagraba, había enblanquecido sus grises ojos para siempre.
1964
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.
II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.
II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
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