viernes, 19 de abril de 2013

El juicio de insania



Ciego a las culpas, como creía Borges, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Y un viejo filósofo, que él admiraba, inmortalizó hace milenios una máxima indiscutible de la condición humana: todo cambia. Incluso nosotros, por cierto, que integramos un todo, un cosmos incomprensible aún para nuestras mentes tan técnicas, tan duchas en abstracciones como la matemática y la religión, aunque ciega y temerosa ante tantas otras cosas.

El destino es despiadado, sí. Quién podría decirlo contrario. Todo cambia, también. 

Así es que la madre que un día nos parió con dolor, que en noches de vigilia nos arrulló entre susurros y que luego, entre meriendas y reprimendas, nos crió hasta la adolescencia con amor o sin él, habrá de envejecer y de morir. 

Pero el destino, sabedor de las distracciones humanas y de la máxima de Heráclito, puede aprovecharse de la ancianidad de nuestra madre y provocar, por ejemplo, un tropezón que derive en una luxación de cadera, y que esta luxación derive en una infección, y que esta infección derive en un paro cardíaco, y que el paro cardíaco derive, tras el esfuerzo de los médicos, en una silla de ruedas y en un cuadro de demencia sin remedio.

Y qué hacer, entonces, con el apartamento, con la vieja casa, con el coche del abuelo, con la cuenta bancaria. 

Qué hacer con esta anciana discapacitada y demente que habrá de vivir su crepúsculo en una clínica geriátrica como tantas otras.

La ley nos brinda una respuesta: esa anciana, otrora plenamente capaz en la vida para administrar su patrimonio y para dirigir su persona, será ahora incapaz de ambas cosas frente a ella, pues la realidad, siempre, es la tropilla que empuja el carro del Derecho a través de la vida. 

Ese camino desde la capacidad hacia la incapacidad, que la realidad ya ha transitado de sobra, se transita ante la ley a través del juicio de insania o de incapacidad, de acuerdo con la causal de la alteración psíquica del presunto incapaz.

Mi abuela Victoria, una mañana de primavera de hace ya mucho tiempo, sufrió en carne propia, acaso por vez primera, ese ceguera a las culpas que el destino padece, enfermo de tanta vida y de tanta muerte.

Trastrabilló. Su cuerpo envejecido se derrumbó sin gloria. Su cadera golpeó contra el suelo. La ambulancia la trasladó a un hospital. Luego a otro. 

La operaron. A poco, una bacteria, un virus o la providencia misma la infectaron. Su corazón de compás lento empezó a silenciarse, pero los médicos, nuevamente, le ganaron de mano a la muerte.

Pero el destino despiadado, paciente en su inmortalidad, no se inmutó. Al cabo de unos meses, él había triunfado: mi abuela perdía el juicio, su memoria, su futuro, su elemento.

Hoy día espera la muerte en una silla de ruedas. De seguro no sienta su proximidad, su perfume de fruta madura y de carbón. La espera, entre delirios y extravíos, en una demencia que semeja la niñez. 

Yo, entretanto, tramito su insania en un juzgado civil de esta ciudad. El proceso es simple, nada que me quite el sueño. En unos meses, un juez civil decretará la interdicción civil de mi abuela, y mi padre será su curador legal.

Así, podremos iniciar el juicio sucesorio de mi abuelo, de su marido bien amado, del padre de mi padre. 

Quizá el destino sea despiadado conmigo también. Quizá se aproveche de algún error mío, de algún apresuramiento, de la ansiedad natural de los primeros juicios que uno promueve, como abogado matriculado, luego de media década de estudio en alguna Universidad.

Solo espero estar alerta. No debo incurrir en distracciones mínimas, de esas que tanto le gustan, esa carne fresca para su mordacidad.

Él es despiadado. Yo lo seré con él, también. Así, por ejemplo, trataré de aprovechar que suele distraerse con asuntos más importantes que la muerte de una anciana. 

Debo finalizar el juicio de insania y la sucesión de mi abuelo antes de que ella muera, para evitar otra sucesión y una repartición menos favorable, tanto moral cuanto económica, para mi cliente, mi padre: su hermano, hijo de mi abuela, hijo de su madre, se ha desligado desde un principio de su cuidado, de su costosísima manutención y de su recuperación psicofísica.

Es la pura verdad. ¿Hay algo de inmoral en ello? Lo dudo. ¿Hay algo de ilegal en ello? En absoluto. 

Ciegos a las culpas, los abogados también podemos ser despiadados con las mínimas distracciones del destino.

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