viernes, 19 de abril de 2013

El buen abogado




En el contexto sociocultural de la República Argentina, la abogacía, antes bien que una ciencia humanística o una técnica eficaz de resolución de conflictos, es el arte de apasionarse por los problemas de los demás.

Así, el buen abogado argentino no es un ciencista ni un técnico, sino una suerte de caballero andante que, ante el paisaje avergonzante de una Justicia siempre ineficaz y tardía, blande su espada con brio y determinación, aun cuando se sepa en desventaja.

Aquí, en estas pampas ensombrecidas por mil y una burocracias estatales que no garantizan la resolución "expeditiva" de los conflictos de sus paisanos, el buen abogado, he de reiterarlo, no puede ser ni un cientista ni un técnico, porque la ciencia y la técnica, si bien integran el Derecho, enmudecen ante las realidades jurídica y judicial de nuestro país.

Yo soy un apasionado. De la vida, primero que nada. Y también de los problemas de los demás, porque conozco bien la rabia silenciosa de quienes esperan la llegada de la justicia en cada mañana de los Tribunales, en cada firma, en cada café deglutido en silencio y con desesperanza.

Por eso, en mi afán de buen abogado, trato de ser ese caballero andante que, pese a todo, no pierde de vista el horizonte al que debe enderezarse, allí donde la Justicia no es ya un ideal trasnochado, propio de primerizos, sino unas palabras de agradecimiento, un café que se disfruta lentamente, un nudo menos en la garganta de ese alguien a quien uno, desde los días del pupitre en la Universidad, y quizá desde antes, inclusive, está predestinado.

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