martes, 23 de abril de 2013

La importancia de comprender


Cuando yo era apenas un mozalbete de rulos cobrizos, mi padre me recomendó que leyera un libro que hacía años dormía en la biblioteca de mi abuela materna, en el rinconcito más recóndito de su rancho de ladrillo, cal y paja en las afueras de San Andrés de Giles, una pequeña ciudad campestre del oeste de la provincia de Buenos Aires.


Este libro verdoso y áspero, cuyo cuerpo estaba prácticamente destrozado por el olvido y por el rigor de la pampa, se llamaba La importancia de comprender. El nombre de su autor, que ya he olvidado, me evocó de inmediato la imagen de uno de esos orientales pequeños y achinados que visten túnicas de seda y que dominan con maestría los misterios de la vida y de la muerte.

Aún conservo este libro, quizá porque todavía me soprende que mi padre, un hombre demasiado arisco, me haya recomendado un libro que a la postre se me ofrecería tan precioso.

En mi biblioteca goza de un lugar bastante privilegiado: me espera, en un silencio muy parecido al olvido, junto con los grandes libros de mi niñez: Platero y yo, de Juan Ramón Jimenez; Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos; y Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar. 

El tiempo me relevaría lentamente, con esa mansedumbre tan oriental, la gracia poco frecuente de este libro: La importancia de comprender es un compendio de antigua literatura china que, ante todo, busca concienciar sobre la conducta que los hombres de bien deben observar.

El comprender ciertos asuntos, según los chinos ancestrales, permite vivir de acuerdo con la ley natural. El comprender, en definitiva, y he aquí su importancia vita, permite vivir en paz con uno mismo y en sincronía con el cosmos.

Así es que la importancia de comprender trasciende ampliamente los asuntos más trascendentes para el hombre, como la impermanencia de todas las cosas, y alcanza ciertos asuntos que acaso sean menores en importancia, como la relación que un buen abogado argentino debe entablar con su cliente en estas pampas tan lejanas de las estepas de la sabiduría china.

De suerte que, valiéndose de la deducción, uno podría concluir que, a saber:

El cliente no quiere problemas: quiere soluciones concretas.

El cliente necesita confiar en su abogado: seamos honestos, cordiales y diligentes.

El cliente nos confía sus miserias, su intimidad o sus anhelos: seamos sensibles.

El cliente no es una mina de oro infinta: seamos justos.

El cliente no suele comprender que la lentitud de la Justicia no es culpa nuestra, que los honorarios esconden años de estudio y de entrega al Derecho, que los jueces deben fallar de acuerdo con las leyes, y que estas no siempre son justas ni morales.

Al cliente, aunque él no lo quiera, debemos enseñarle a comprender las particularidades del Derecho y de la administración de justicia en la Argentina.

Quizá, de esta forma, ambos nos comprendamos. 






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