lunes, 22 de abril de 2013

Tribunales: entre el café y el amor al paso


Quien haya recorrido esa parte tan célebre y particular del barrio porteño de San Nicolás a la que todos llaman, a secas, Tribunales, podrá dar cuenta de mis observaciones.

Tribunales no es solamente un edificio de belleza opinable -muy opinable, por cierto- que concentra, a la usanza argentina, buena parte de los juzgados y de los tribunales de la "justicia nacional", la vieja justicia ordinaria de la Capital Federal, que hoy sobrevive como un resabio de aque tiempo en que la ciudad era un territorio federalizado y, por lo tanto, consecuencia, objeto de la jurisdicción del Estado federal.

Antes bien, Tribunales es una verdadera polis dentro de Buenos Aires: una polis caótica y renegrida por el esmog y por la suciedad; una polis hedienta a perfume, a tinta de sellos y a café espeso, con ese aire entre parisino y madrileño tan propio del viejo centro porteño, pero con el toque ruinoso, decadente y hasta sórdido de Buenos Aires.

En horas de la mañana, Tribunales es un hervidero asfixiante de abogados, de empleados públicos y de trabajadores que, tras este o estotro accidente laboral, aguardan con la paciencia de la resignación el cobro de la bendita indemnización del seguro. Ellos, como nadie más, integran su fauna más característica.

Los abogados son los reyes de este circo: los hay jóvenes novatos en el arte del Derecho; los hay maduros que, sea por falta de dinero, sea por un estricto profesionalismo, optan por recorrer ellos mismos los laberintos kafkianos de la justicia argentina.


Uno puede verlos corriendo de aquí para allá, de seguro apremiados por el vencimiento de algún plazo fatal o por la urgencia de encontrarse con sus clientes; las mujeres, trastrabillando en sus zapatos de tacos altos; los hombres, sudando la gota gorda en sus gruesos trajes de lana.

Sin embargo, a menos de cincuenta metros del palacio de Tribunales, donde, paradojicamente, se encuentra la Corte Suprema de Justicia de la Nación, uno puede contratar los servicios de una víctima de la trata de blancas, o puede comprar un tratado de derecho penal del jurista Soler, o bien puede comprar el Mein Kampf de Adolf Hitler; y aun, como si fuera poco, uno puede negociar el precio del dólar negro y de unos gramos de cocaína.

Al caer la tarde, Tribunales, otrora la ciudad de los burócratas y de los hombres de leyes, pierde irremediablemente su intrincado encanto barroco y se transforma, como buena parte del resto de la Buenos Aires moderna, en un basural signado por la inseguridad y por la indigencia.

En más de una ocasión, mientras recorría sus calles angostas y derruídas, me he preguntado cuál es el sentido de todo esto.

Realmente, no lo sé. Por lo pronto, en breve deberé sentarme otra vez en uno de esos bares oscuros, tan oscuros como el café granuloso y frío que suelen servir, y me lo volveré a preguntar hasta el cansancio; "ad eternum", como diría un colega jactancioso o inclinado a los latines de otras épocas.

Así, entre abogados, prostitutas esclavizadas, indigentes y vendedores de consuelos, Tribunales, la ciudad de la Justicia, la polis de los hombres de leyes, se hunde en un sopor de café y de amores al paso.

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