El coche avanza con rapidez por la autovía. Hace ya unas horas que conduzco en soledad, flanqueado solamente por la vasta llanura del sur de Santa Fe, esa vieja pampa de cereal y de ganado que hoy día ha verdecido al calor del cultivo de la soja, esa nueva maldición argentina.
Detrás de mí, las megalópolis de Buenos Aires y de Rosario se han perdido irremediablemente. Ahora me enfrento a la infinitud de la llanura en que apenas se divisan un camino en medio del campo, un ternero, un molino de viento, una tranquera, una tapera al pie del monte que fue, en tiempos mejores, la morada de receros y de campesinos .
Me detengo por un café a unos kilómetros de Rosario. Desde la cafetería de la estación de servicio, que se ubica a la vera de la autovía, observo la lejanía mientras reflexiono sobre el viaje que he emprendido.
Son casi las cinco de la tarde y todavía estoy en Santa Fe, de modo que debo remprender el viaje antes de que anochezca. Antes de partir, le pregunto a un cincuentón encanecido y bonachón, quien repostaba combustible, a qué distancia estoy de la ciudad de Córdoba: aún me quedan varios cientos de kilómetros.
¿Hace cuántas horas que conduzco? Quizá cuatro, no lo sé: el paisaje, desde las afueras de Buenos Aires, ha sido el mismo: la pampa, ese océano de prados, de ganado y de sembradíos, es una eternidad silenciosa y antigua.
Acelero el coche nuevamente, y pronto estoy a la escucha de la música que, abengadamente, me acompañaría a lo largo de este viaje.
Al caer la tarde, estoy cansado. Ha sido una jornada soleada y calurosa como pocas, y hace más de diez horas que conduzco en soledad. Luego de atravesar un monte y de desviarme por una circunvalación, descubro las luces titilantes de una gran ciudad: estoy en los suburbios de Córdoba, la ciudad de las universidades y de los jesuitas, la ciudad "docta" del viejo criollismo que hemos perdido.
Me siento bastante satisfecho. Siempre que he llegado a Córdoba he sentido que, de algún modo, he sobrevivido. Me gustaría visitarla de nuevo por unas horas, ciertamente, pero aún me queda un buen trecho por conducir y unos nubarrones rojizos han escondido la luna.
Atravieso la periferia citadina y me adentro en una ruta estrecha, derruída y apenas señalizada que conduce al norte cordobés: es un tramo del Camino Real, la ruta que los españoles colonialistas trazaron para comunicar el Alto Perú con el Río de la Plata.
Luego de unos sobrepasos temerarios, me obligo a detenerme a cenar en Jesús María. Sí, el cansancio ha menguado mis reflejos y ha exacerbado mi ansiedad, aun cuando siempre disfruto el conducir. Como en la estación de servicio en que me detuve por un café, observo la lejanía y reflexiono sobre el viaje. Me abstraigo, entonces, en la contemplación del paisaje y de los hombres de este sitio.
La medianoche se aproxima y todavía estoy a unos cien kilómetros de mi destino. En medio de la cerrazón de aquella noche privada de la luna, retomo mi marcha por la ruta. Ya no estoy adormecido, de suerte que el viaje, afortunadamente, vuelve a tornarse placentero para mí.
Conduzco otra hora más. Durante el trayecto apenas si encuentro algún coche o camión: estoy en el interior del norte de Córdoba un viernes a la medianoche. Esta soledad es hermosa pero demasiado misteriosa para un veinteañero que conduce sin más compañia que una selección de buenas canciones.
Es la una de la mañana. La noche, totalmente cerrada, se ha tornado fría. Tras medio día de viaje, diviso a duras penas el cartel que señala la entrada del pueblo de Santa Elena. Entonces giro a la izquierda, tomo la ruta, atravieso el viejo cementerio y las arboledas: estoy en la Ruta Provincial 21, y solo debo recorrer otros once kilómetros.
Luego de unos mintuos, el pavimento se transforma en ripio; y el ripio se transforma en tierra. En medio de la negrura de las noche, solo alcanzo a entrever algunas siluetas conocidas que se recortan en el horizonte. Aquí no hay edificios ni alumbrado público. Aquí las casas apenas si tienen una farola en sus puertas. Aquí hay más caballos que automóviles. Aquí los cerros permanecen velados durante la noche, y el río apenas repiquetea en su camino hacia los molles.
Una cuesta me conduce al hotel en que me hospedaré. La dueña me acompaña hasta mi habitación y me explica algunas cuestiones atinentes a la administración. Yo asiento con la cabeza y la despido cortesmente: a esas alturas, necesitaba imperiosamente acostarme y descansar. Sin embargo, tras retorcerme por un buen rato, abrí la ventana en busqueda de los cerros y de las piedras que se escondían en la oscuridad.
Amanecí temprano, casi con el alba. Finalmente, me di cuenta plenamente de que estaba de vuelta en el Cerro Colorado.
Ahora bien, ¿qué es Cerro Colorado?
Cerro Colorado es una vieja aldea en la serranía del norte de Córdoba, emplazada a la orilla del río Los Tártagos, que se ubica a unos ciento cincuenta kilómetros de la capital provincial, en la antesala del desierto santiagueño. Su nombre se debe a la tonalidad ligeramente rojiza de sus cerros.
Cerro Colorado, por otra parte, es una reserva natural, ecológica y cultural que ha trascendido extensamente gracias a la serie de pinturas ruprestres que los aleros de sus cerros presentan. Desde poetas como Leopoldo Lugones hasta antropólogos, ecologistas y geólogos del mundo entero se han pronunciado en favor de la valía y del encanto de esta vieja aldea cordobesa.
Allí, cuando el segundo gobierno del presidente Juan Perón, Atahualpa Yupanqui se guareció de la persecución y de la proscripción que se le habían impuesto en razón de su comunismo militante y de su resultante oposición al peronismo. Junto con su compañera, la notable pianista francocanadiense Nenette, construyó Agua Escondida, su humilde casa de piedra, en uno de los recodos del río Los Tártagos.
En síntesis, Cerro Colorado es una aldea que custodia los secretos de la naturaleza y de los antiguos nativos del norte cordobés. Y también es el pago, el terruño adoptivo del gran Atahualpa Yupanqui, quien le consagró, entre otras piezas de su arte y de su vida, la célebre "Chacarera de las piedras".
El amanecer en Cerro Colorado, a diferencia del amanecer en Buenos Aires, no es una tregua del cosmos con uno luego de una jornada de alienación y de una noche insuficientemente dormida, sino la reafirmación de la quietud, del silencio, de la profundidad de las cosas que se rigen por el tiempo natural.
Así es que luego del desayuno, el que, paradójicamente, observó un estilo citadino, emprendí la caminata. Mis destinos eran Agua Escondida y la ribera del río Los Tártagos. El hotel distaba unos mil metros de esos lugares.
Emprendí el camino a pie y nuevamente en soledad. Cuesta arriba, en una suerte de meseta de piedra cubierta por una maleza muy tupida, me encontré con la tranquera que, con cierta ingenuidad, demarca la entrada de la finca de Agua Escondida.
Cuesta abajo, a unos diez metros del río Los Tártagos, descubrí la casa de piedra, los cactos, la cocina -hoy convertida en la biblioteca popular "Pablo del Cerro", en honor a Nenette, quien coescribió una serie de piezas musicales junto con Atahualpa, aunque valiéndose de ese apodo para eludir el machismo imperante en el folclore de aquellos años-.
Soné la campana, como se indicaba, y el guía salió a mi encuentro: desde 1989, Agua Escondida es un museo cultural y ecológico. Lo despaché con amabilidad mientras le agradecía su predispodición. "Ya he venido antes", exclamé, y el muchachón se perdió entre los árboles.
Tomé algunas fotografías de los cerros y del río. En la ribera, unos jóvenes se abrazaban y tomaban mate. Yo los envidié en secreto. ¿Qué puede hacer un hombre solo en Cerro Colorado? Deseé una guitarra y una mujer como nunca antes en mi vida.
Crucé el río. Era el mediodía ya y el sol, ausente durante buena parte de la mañana, se había impuesto a las nubes que todo lo agrisaban, incluso mi ánimo. A unos metros de la casa, del otro lado del río, me adentré en el sendero que conduce a un valle en lo alto de un cerro. Allí, Atahualpa solía leer al literato alemán Herman Hesse y ejecutar largamente la guitarra, ya que, salvo por el canto del río en lo bajo, el silencio es total.
Medité un rato en El Silencio. De la frondosidad de las laderas emergían aves que remontaban vuelo sobre el cielo ahora azul, y el río, como la vida, no cesaba de cantar. Un caballo negro sin ensillar y sin riendas se apareció entre las matas. ¿Qué hacía allí? No lo sé realmente.
El crepúsculo doró el rió y los cerros. Solo, emprendí el camino de regreso al hotel. Desandé el sendero de El Silencio, crucé el río y me despedí del guía y de una pareja que había conocido. Antes de irme de Agua Escondida, me senté un rato en el patio junto a las tumbras de piedra bajo la sombre del roble. Como es habitual, coloqué una pequeña piedra en el túmulo que se ha erigido en su cercanía y le ofrendé unas palabras.
Por vez primera en mucho tiempo, experimenté una soledad particular. Acaso fueran los cerros, el río y el sinfín de elementos naturales que me rodeaban y que a la sazón reprochaban mi ansiedad, mi falta de temple, mi impureza.
Ya en el hotel, cuando las serranías anochecidas se cubrieron de misterios y de antiguos cánticos, la soledad se tornó insoportable. Una amiga mía pasaría la noche en Capilla del Monte, a unos doscientos kilómetros de Cerro Colorado hacia el oeste, en el Valle de Punilla.
No lo soporté. Empaqué, tomé el coche y me fui del Cerro Colorado, el cerro de las piedras pintadas, el cerro de los alazanes, el cerro de las sendas antiguas, de El Silencio, de los chañares, de las vidalas. Así es que conduje por más de dos horas a través de una ruta provincial en dirección a Capilla del Monte. Me sentía aislado, incomunicado de toda forma de humanidad.
Llegué hacia la una de la mañana. Mi amiga me replicó, con una sabiduría materal, que el Cerro Colorado no es un lugar para visitar solo. Consentí su afirmación: esta segunda visita, a diferencia de la primera, la había hecho en soledad, y el cambio fue significativo.
Allí, en Capilla del Monte, concluyó mi segunda visita al Cerro Colorado, quizá una visita extemporánea y frustrada, aunque sumamente enriquecedora: no en vano suele decirse que los cerros le dicen a uno la pura verdad.
Sin embargo, ahora estoy un poco apenado. Al estacionar mi coche en la cochera y luego tomar el ascensor, supe que aquellos días de frugalidad y de sincronía con la naturaleza habían terminado. Ahora solo puedo limitarme a esperar que el viento, sabedor de mis querencias más secretas me devuelva a esos pagos cordobeses donde la vida, antes bien que la sucesión de días, de jornadas y de salarios, es una lenta ceremonia rural.
Habré de volver cuando sea el momento. Ahora es tiempo de que me pierda nuevamente en este ciudad babilónica en que vivo, preso de mi cobardía y de mi vulgaridad, mientras allá, en mi querido Cerro Colorado, un paisano peina su caballo con el revés de un puñal, una niña descubre el sabor del mistol, don Ferreira abre su pequeña almacen, y un roble custodia dos tumbas de piedra en Agua Escondida: las tumbas de El Chúcaro, excelso bailarín folclórico, y de uno de mis maestros, el gran Atahualpa Yupanqui.
El Cerro Colorado permanecerá inmóvil. Su tiempo es el de la naturaleza, no el de los artefactos que, con frialdad algebraica, fraccionan el tiempo en segundos, minutos y horas.
Habré de volver en búsqueda del silencio de sus cerros, del relincho feliz de sus caballos, de la mirada sincera y pausada de sus lindos paisanos, de esa agua sagrada y balsámica que se esconde en la profundidad de la conciencia de un hombre que, en medio de un mundo de muerte y de engranes, aún comprende que, como enseñaron los mayores de piel cobriza y de ojos pequeños de Atahualpa Yupanqui, la verdad primera de la condición humana es runa allpacamaska: el hombre es tierra que anda.
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