Acabo de cumplir veintiseis años. Una edad juvenil, ciertamente, aunque ya lindera -quizá demasiado- con los años de la adultez.
Hasta el presente, mi vida se ha enderezado hacia un horizonte de normalidad y de viejos convencionalismos: la Universidad, el trabajo de ocho horas en una oficina del centro de Buenos Aires, la corbata que anuda la voz y silencia lentamente el canto vital de todo hombre sensible.
En verdad, no debiera quejarme en demasía: esta vida de clase media urbana, esta vida "pequeñoburguesa" en el sentido decimonónico del término, me ha deparado una serie de beneficios: algunos viajes, algunas comodidades, algunos logros, en fin, esta vida me ha deparado una serie de experiencias clasistas que hoy día, en la Argentina, resultan exclusivas. Con todo, esta vida no termina de convencerme en absoluto.
¿Este es el camino que me llevará a la realización? ¿Este es el camino del aprendizaje y de la experiencia vitales que yo tanto anhelo?
¿Acaso no es esta una vida trajinada por el afán del apartamento propio, por la formalidad hierática, por el culto de los sinsentidos de las burocracias, y por el caos existencial y espiritual de la experiencia urbana?
¿No me estoy alejando progresivamene de todo aquello que abre y expande la conciencia?
¿Existen alternativa sustentables a este camino?
Ciertamente, no lo sé. A veces concluyo que todos los caminos, aun los más heterodoxos, conducen a una normalidad signada por el estancamiento y la fatalidad.
Por lo pronto, sé que algunas personas que he conocido a lo largo de estos veintiseis años ya han dado ese salto al vació que presupone la ruptura con la normalidad a la que suscriben.
Por ejemplo, una joven pareja de diseñadores que durante más de tres años ha recorrido en su caravana Mercedes Benz las rutas de las Américas.
Por ejemplo, un profesor que un buen día, tras hastiarse de la naturaleza peronista de la política argentina, asió sus maletas y se fue a vivir a Australia.
Por ejemplo, una artista treintañera que consagró su vida a la serigrafía, a la fotografía artística y al amor libre.
Como Ernesto Sábato señaló magistralmente en su ensayo Hombres y Engranajes, la crisis de la civilización occidental ha derivado en la cosificación y en la estandarización del hombre. De esta forma, la libertad de un hombre-engranaje se ha reducido a la elección de su ubicación dentro de la maquinaria. Es decir, un hombre-engranaje, si aún goza de la compleja suerte de resultar funcional, solo puede elegir de qué forma servirle a los príncipes de este mundo: el dinero y la razón.
La reflexión de Sábato es la reflexión de un intelectual que renunció a una brillante carrera en el mundo de la física de avanzada en pro de la literatura y del Hombre. Sí, del hombre con mayúscula diacrítica, esa cuerda tendida sobre el abismo, ese péndulo que oscila permanentemente entra la racionalidad y la irracionalidad, entre lo diurno y lo nocturno, entre la creación y la destrucción, entre la vida y la muerte.
Por lo pronto, mañana anudaré nuevamente mi corbata. El autobus me llevará a la oficina, y ahí el tiempo discurrirá entre naderías y chismes. Tomaré el autobus otra vez, maldeciré el tráfico demoníaco de esta ciudad, me desanudaré la corbata y deglutiré un café a las apuradas. A poco, me hundiré en el sopor de las horas posteriores al trabajo hasta que el sueño me venza.
Mañana quizá sea ese día en que abandone para siempre la comodidad de las cornisas y de los riscos, y el salto al vació me convierta, finalmente, en un hombre con mayúscula.
Ciertamente, no lo sé. A veces concluyo que todos los caminos, aun los más heterodoxos, conducen a una normalidad signada por el estancamiento y la fatalidad.
Por lo pronto, sé que algunas personas que he conocido a lo largo de estos veintiseis años ya han dado ese salto al vació que presupone la ruptura con la normalidad a la que suscriben.
Por ejemplo, una joven pareja de diseñadores que durante más de tres años ha recorrido en su caravana Mercedes Benz las rutas de las Américas.
Por ejemplo, un profesor que un buen día, tras hastiarse de la naturaleza peronista de la política argentina, asió sus maletas y se fue a vivir a Australia.
Por ejemplo, una artista treintañera que consagró su vida a la serigrafía, a la fotografía artística y al amor libre.
Como Ernesto Sábato señaló magistralmente en su ensayo Hombres y Engranajes, la crisis de la civilización occidental ha derivado en la cosificación y en la estandarización del hombre. De esta forma, la libertad de un hombre-engranaje se ha reducido a la elección de su ubicación dentro de la maquinaria. Es decir, un hombre-engranaje, si aún goza de la compleja suerte de resultar funcional, solo puede elegir de qué forma servirle a los príncipes de este mundo: el dinero y la razón.
La reflexión de Sábato es la reflexión de un intelectual que renunció a una brillante carrera en el mundo de la física de avanzada en pro de la literatura y del Hombre. Sí, del hombre con mayúscula diacrítica, esa cuerda tendida sobre el abismo, ese péndulo que oscila permanentemente entra la racionalidad y la irracionalidad, entre lo diurno y lo nocturno, entre la creación y la destrucción, entre la vida y la muerte.
Por lo pronto, mañana anudaré nuevamente mi corbata. El autobus me llevará a la oficina, y ahí el tiempo discurrirá entre naderías y chismes. Tomaré el autobus otra vez, maldeciré el tráfico demoníaco de esta ciudad, me desanudaré la corbata y deglutiré un café a las apuradas. A poco, me hundiré en el sopor de las horas posteriores al trabajo hasta que el sueño me venza.
Mañana quizá sea ese día en que abandone para siempre la comodidad de las cornisas y de los riscos, y el salto al vació me convierta, finalmente, en un hombre con mayúscula.
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